jueves, 16 de abril de 2015

Silencio

"Hemos llegado.

No es fácil encontrar lugares como este.
Cada vez están más aislados y escondidos en el mundo, y del mundo. Lo que es de agradecer. El camino ha sido duro, pero recuerda que tú mismo querías venir a un sitio como este. Y vivirlo.
Podemos descansar."

Se sentaron, y apoyándose en un tronco, entrecerraron los ojos, mientras los rayos de un tenue sol que se colaba entre las hojas calentaban sus entumecidos músculos, y un relajante cosquilleo recorría sus piernas cansadas.

"Ahora, calla. Y escucha."
Ambos quedaron en silencio. Y el silencio los envolvió.


Cuando privas a tu ser de la vista, se agudizan el resto de sentidos. Hueles nuevos aromas, sientes cada roce en tu piel, escuchas lo que en otras situaciones apenas oyes.
Ciegos en su visión, abrieron los ojos a otro mundo, distinto. Y, casi de inmediato, se dieron cuenta de que todo alrededor permanecía en calma.
A lo lejos, más allá del último camino, se oía de vez en cuando, muy de vez en cuando, el silbido de un viento lejano rozando las copas de los altos árboles. El sonido del agua del cercano río cuya humedad podían sentir llegaba tenuemente a sus oídos, debido al remanso que la calmaba tras la impetuosa bajada de las montañas.

Cuentan que los bosques, en su más profundo y sombrío interior, carecen de ruidos, y a la vez están habitados por infinitas melodías. Su tranquilidad es tal que el más mínimo movimiento, como la caída de una simple hoja, quiebra la paz que en ellos se respira, se siente, se vive. Es por ello que quienes los habitan se mueven con sigilo, valorando y respetando la placidez de un lugar en el que el sosiego es el mayor de los tesoros. Y es allí donde descansan todos esos seres de cuentos y leyendas que, invisibles, forman la esencia de los bosques.


Regresaron al rato de su letargo, tras haber permanecido sumidos en un absorto viaje repleto de pensamientos, provocado por la quietud del lugar. Las espaldas, doloridas, se quejaron casi al instante de lo duro del tronco elegido como respaldo.

Dicen que no hay como un lecho para reposar. Pero lo cierto es que no hay como el silencio para descansar.
Muchos son los que han olvidado esto último. Los menos, quienes lo descubren con el tiempo.

Se incorporaron. Todo alrededor parecía más oscuro, como protegiéndose. Dobló rápidamente los papeles que portaba consigo, repletos de relatos. En ellos, expresaba sus emociones, privadas de voz, gritando desesperados socorros con palabras mudas, llorando con textos escritos, carentes de lágrimas, desbordados de nostalgia, salpicados de pena. Los metió en una pequeña cajita de hojalata, la depositó en el tronco hueco del viejo y quebrado árbol junto al que habían permanecido, y allí quedaron sus secretos, por siempre en silencio. Pues pocos mundos hay más silenciosos que el de los secretos, escondidos, ocultos, callados, apenas jamás contados.



La algarabía provocada por la tumultuosa multitud producía un bullicioso y caótico alboroto, que le hizo volver a la, por muchos mal llamada, realidad. Le gustaba viajar con su mente, a solas, cuando se sentía rodeado, pues cada vez más aborrecía a la gente, a la vez que apreciaba a las personas de almas soñadoras. Y, como ellas, viajaba sin moverse del lugar en el que estaba.
El bosque quedó lejos, muy lejos, y a la vez cercano.
Es impresionante como los recuerdos pueden servir para trasladarte a un lugar visitado, a un momento vivido, a un instante sentido, sin más necesidad que la propia voluntad. Incluso en ocasiones, sin ella.

De repente, por alguna razón, la gente enmudeció, y el bullicio se tornó calma. Todos parecían atentos, expectantes, escuchando, sin oír nada.
Una brisa se alzó, trayendo, apenas perceptibles, aromas lejanamente familiares.

Es fascinante como el silencio habla, mientras el mundo calla, atento a su sabiduría.

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