"Hemos
llegado.
No
es fácil encontrar lugares como este.
Cada
vez están más aislados y escondidos en el mundo, y del mundo. Lo
que es de agradecer. El camino ha sido duro, pero recuerda que tú
mismo querías venir a un sitio como este. Y vivirlo.
Podemos
descansar."
Se
sentaron, y apoyándose en un tronco, entrecerraron los ojos,
mientras los rayos de un tenue sol que se colaba entre las hojas
calentaban sus entumecidos músculos, y un relajante cosquilleo
recorría sus piernas cansadas.
"Ahora,
calla. Y escucha."
Ambos
quedaron en silencio. Y el silencio los envolvió.
Cuando
privas a tu ser de la vista, se agudizan el resto de sentidos. Hueles
nuevos aromas, sientes cada roce en tu piel, escuchas lo que en otras
situaciones apenas oyes.
Ciegos
en su visión, abrieron los ojos a otro mundo, distinto. Y, casi de
inmediato, se dieron cuenta de que todo alrededor permanecía en
calma.
A
lo lejos, más allá del último camino, se oía de vez en cuando,
muy de vez en cuando, el silbido de un viento lejano rozando las
copas de los altos árboles. El sonido del agua del cercano río cuya
humedad podían sentir llegaba tenuemente a sus oídos, debido al
remanso que la calmaba tras la impetuosa bajada de las
montañas.
Cuentan
que los bosques, en su más profundo y sombrío interior, carecen de
ruidos, y a la vez están habitados por infinitas melodías. Su
tranquilidad es tal que el más mínimo movimiento, como la caída de
una simple hoja, quiebra la paz que en ellos se respira, se siente,
se vive. Es por ello que quienes los habitan se mueven con sigilo,
valorando y respetando la placidez de un lugar en el que el sosiego
es el mayor de los tesoros. Y es allí donde descansan todos esos
seres de cuentos y leyendas que, invisibles, forman la esencia de los
bosques.
Regresaron
al rato de su letargo, tras haber permanecido sumidos en un absorto
viaje repleto de pensamientos, provocado por la quietud del lugar.
Las espaldas, doloridas, se quejaron casi al instante de lo duro del
tronco elegido como respaldo.
Dicen
que no hay como un lecho para reposar. Pero lo cierto es que no hay
como el silencio para descansar.
Muchos
son los que han olvidado esto último. Los menos, quienes lo
descubren con el tiempo.
Se
incorporaron. Todo alrededor parecía más oscuro, como
protegiéndose. Dobló rápidamente los papeles que portaba consigo,
repletos de relatos. En ellos, expresaba sus emociones, privadas de
voz, gritando desesperados socorros con palabras mudas, llorando con
textos escritos, carentes de lágrimas, desbordados de nostalgia,
salpicados de pena. Los metió en una pequeña cajita de hojalata, la
depositó en el tronco hueco del viejo y quebrado árbol junto al que
habían permanecido, y allí quedaron sus secretos, por siempre en
silencio. Pues pocos mundos hay más silenciosos que el de los
secretos, escondidos, ocultos, callados, apenas jamás
contados.
La
algarabía provocada por la tumultuosa multitud producía un
bullicioso y caótico alboroto, que le hizo volver a la, por muchos
mal llamada, realidad. Le gustaba viajar con su mente, a solas,
cuando se sentía rodeado, pues cada vez más aborrecía a la gente,
a la vez que apreciaba a las personas de almas soñadoras. Y, como
ellas, viajaba sin moverse del lugar en el que estaba.
El
bosque quedó lejos, muy lejos, y a la vez cercano.
Es
impresionante como los recuerdos pueden servir para trasladarte a un
lugar visitado, a un momento vivido, a un instante sentido, sin más
necesidad que la propia voluntad. Incluso en ocasiones, sin ella.
De
repente, por alguna razón, la gente enmudeció, y el bullicio se
tornó calma. Todos parecían atentos, expectantes, escuchando, sin
oír nada.
Una
brisa se alzó, trayendo, apenas perceptibles, aromas lejanamente
familiares.
Es
fascinante como el silencio habla, mientras el mundo calla, atento a
su sabiduría.